Se hacen tantas sentencias. Se esgrimen tantos argumentos. Pero, paradójicamente, se siguen editando libros en español y creo que más que nunca.
Aquí unas cifras que podrían desarmar hasta las afirmaciones más radicales: de la novela El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, se realizó, el pasado abril, una primera edición de un millón de ejemplares. Y del último volumen de la saga de Harry Potter en español, en febrero, nada menos que un millón y medio.
Y Un mundo sin fin, del británico Ken Follet, salió a la venta con 525.000 ejemplares.
Y si no se lee, ¿para qué se edita tanto? ¿Por qué se arriesgan toneladas y toneladas de papel? Me dirán que no es lo mismo ventas que lectoría y en eso tienen razón. Pero de que estas cifras son indicativo de algo, no hay duda: ¿quizá de una nueva manera de entender ese producto llamado libro? ¿Tal vez de la fusión definitiva de lectura, mercado y espectáculo? ¿De los cambios de objetivos de las grandes editoriales? ¿Del reinado total de los best sellers en detrimento de la literatura más propositiva y apartada de las modas? ¿De la construcción de nuevos tipos de lectores?
Está, por ejemplo, el gusto por el misterio, la intriga y lo policiaco, que, al parecer, en la actualidad lidera el mercado. En un importante certamen de literatura, el jurado reparaba en que la mayoría de las novelas participantes iba por esta línea temática, como si los autores creyeran que esa era la fórmula mágica y que de esta manera sus obras serían seguras candidatas para saltar, además, a la gran pantalla.
En las listas de los libros más vendidos, desde España hasta Latinoamérica, han figurado en el 2008 títulos de autores como John Grisham y Ruiz Zafón. Y junto con ellos otra narradora que ya es best seller especialmente entre los jóvenes: Stephenie Meyer, con su literatura de temática vampírica. La versión fílmica de su obra Crepúsculo ya se estrenó en Estados Unidos y Ecuador. La narrativa de Meyer es tan popular entre los jóvenes, como lo fue la concluida saga de J.K Rowling.
También los jóvenes (y adultos) convirtieron en preferido otro libro:
El niño con el pijama de rayas, escrito por John Boyne, un autor irlandés que de una manera muy original, desde la perspectiva de un niño de 9 años, cuenta el genocidio de millones de judíos perpetrado por la Alemania de Adolfo Hitler. Y el autor afgano Khaled Hosseini, a través de sus libros (Mil soles espléndidos y Cometas en el cielo), nos mostró su país. Ese país del que solo conocíamos las imágenes de guerra que emiten los medios de comunicación.
Otra vertiente de libros apetecidos estuvo en los títulos ganadores de concursos: Chiquitita, de Antonio Orlando Rodríguez, Premio Alfaguara de Novela 2008; La casa de Dostowiesky, de Jorge Edwards, premio Planeta-Casamérica; El infinito en la palma de la mano, de la narradora nicaragüense Gioconda Belli, premios Sor Juana Inés de la Cruz y Seix Barral;
El amante imperfecto, de Carlos Chernov, Premio La Otra Orilla, etcétera. La obra de Fernando Savater, La hermandad de la buena suerte, premio Planeta de novela (el que se falla en España), se publicó recientemente y acaba de llegar a las librerías latinoamericanas. Su lectoría o sus ventas se medirán en este año.
Pensando que los jóvenes despidieron en el 2008 la saga del mago Harry Potter y dieron la bienvenida a las historias de Stephenie Meyer, me da por creer que el panorama no luce tan desolador. Hay clubes y sitios de internet dedicados a hablar especialmente de estos libros. Y conozco de adolescentes guayaquileños que han leído las obras hasta en PDF. De lo que no estoy tan segura es de si luego se engancharán con otro tipo de lecturas. Habrá que esperar.
¿Pero tendremos que resignarnos solo con los best sellers, los libros de moda, los premiados o los de tirajes que obnubilan?
Buenas noticias. En medio de toda esta fanfarria, la literatura del fallecido Roberto Bolaño se erige como una de las obras más sólidas de las letras en español y hay un gran número de escritores, especialmente jóvenes, escribiendo y publicando, tal vez no con tanto éxito mediático, pero sí de forma permanente y decidida.
Esperemos que el 2009 sea un año más equitativo y diverso en el campo literario. Y de más lectoría, aunque estoy casi segura de que las personas de la nueva generación leen más que la gente de mi generación. O me apuro a corregirme antes de que me trituren: tienen a su alcance más información y lecturas que los jóvenes ochenteros, por ejemplo.
Una confesión: cuando yo era chica, nunca conocí de cerca a un autor nacional de literatura infantil. Así de simple y de triste. Ahora los niños conocen a varios. A muchos. ¡Y los han leído en sus escuelas! Este es un motivo para alegrarse. Edna, María Fernanda, Leonor o Édgar Allan son nombres que les resultan cercanos, tanto como a mi generación en la secundaria los del Grupo de Guayaquil. Era de la mano de esos autores que nos bautizábamos en la lectura de literatura nacional.