Mientras se redacta un proyecto de nueva Constitución se habla de “laicismo” en casi todos los ambientes sociales. El que se hable indistintamente de laico, laicidad y laicismo es signo inequívoco de que hay que clarificar y actualizar su significado. Después de haber bebido laicidad y laicismo durante un siglo, es tiempo de cultivar la laicidad humanamente valiosa, purificada de un laicismo desechable.
Aunque las ideologías están entremezcladas, podemos afirmar que el laicismo es hijo de la Ilustración. Los “ilustrados” del siglo XVIII, ante la necesidad ineludible de algo superior, convirtieron a la razón en diosa.
Desde el principio no la honraron tanto con la búsqueda de la verdad, como era de esperar, cuanto con la sed de utilidad. Desde el principio el “ilustrado”, encerrado en el tiempo y en el espacio, no se preguntó quién soy, de dónde vengo, a dónde voy. El ilustrado, con la razón como diosa, pretendió una moral autónoma; Sus fundamentos fueron el “buen sentido” (Rousseau), el “imperativo categórico” (Kant) y la fluctuante (Democracia). La libertad, colocada en estos endebles fundamentos, desapareció varias veces en el estatismo, una forma sutil de guillotinar a ciudadanos que la reclaman efectiva.
En aparente contradicción, el racionalismo abrió la puerta al menosprecio de la razón; característico de la “nueva era”, en la que estamos actualmente confundidos. Así como el laicismo es hijo de la ilustración, la “nueva era” desciende del laicismo.
Pilatos, preguntando con desdén ¿qué es la verdad?, anteponiendo a la verdad su comodidad, se convirtió en figura de la “nueva era”.
Por influjo del racionalismo cartesiano, al laicismo en algo interesó la verdad; después le ha interesado más lo sensitivo, lo útil, lo cómodo, el placer.
Así como el racionalismo adoró como diosa a la razón, así la “nueva era” pretende que nos sometamos a un Estado que, por un lado, desconoce al Dios de sus ciudadanos, y por otro lado pretende imponer como religión el vacío de Dios en la sociedad.
En el siglo XXI, a Dios gracias, hay laicidad, hay separación entre el Estado e Iglesia. El Estado no tiene religión; sus ciudadanos sí la tenemos.
Todavía en el siglo XXI algunos estados se resisten a reconocer el derecho de los ciudadanos de ejercitar privada y públicamente el culto por ellos elegido.
En el siglo XXI algunos estados niegan la igualdad de los ciudadanos ante la ley: consideran de clase A, y tratan como a tales a quienes se resignan a prescindir de Dios; consideran de clase B a quienes prefieren una educación con referencia a su propio credo religioso.
En el siglo XXI, siglo de la globalización, algunos estados siguen arrogándose el derecho de esterilizar la creatividad de sus ciudadanos con una educación, que es de insuficiente calidad, también, por ser
talla única y por ser ideologizada por unos pocos.
En el siglo XXI algunos estados siguen pretendiendo existir antes que sus ciudadanos; en consecuencia, siguen pretendiendo ser fuente del derecho, dueños y señores.